Luca dejó caer la carta. El llanto fue gutural, un sonido de pura agonía por la vida que él mismo había destruido. Se quedó allí, en la lujosa suite del St. Regis, rodeado de las pruebas de la vida de su hijo y del sacrificio de Amelia.
Le tomó casi una hora recomponerse. El sol ya había salido. Se secó las lágrimas con rabia. La culpa era un veneno, pero ahora tenía un antídoto: la venganza.