POV. Amelia
—Señor Julián Hernández —dijo Teresa con voz firme desde la puerta de la sala de reuniones—. Puede pasar ahora.
El aire pareció tensarse de inmediato.
Mi padre ni siquiera se dignó a mirarme. Tampoco a Adrian. Caminó hacia la sala con el mentón en alto, el gesto rígido, como si todavía creyera tener control sobre algo. La puerta se cerró tras él con un clic suave, pero definitivo.
El tiempo se volvió espeso.
Veinte minutos después, la puerta volvió a abrirse.
Mi padre salió distinto