Volví a casa con las manos heladas y la sensación de que, si no hacía algo, todo se derrumbaría como un castillo de naipes. Cerré la puerta y me apoyé contra la madera un segundo, respirando hondo. Había una calma rara en mí: la calma de quien decide que ya no va a llorar sin pelear.
Encendí la laptop y abrí el navegador. No iba a husmear por pena; iba a buscar pruebas. No era curiosidad morbosa, era estrategia. Si quería derribar la farsa, necesitaba pruebas concretas: fechas, horas, montos, v