Cerré la puerta de mi apartamento y me dejé caer sobre el sofá, respirando hondo. La rabia, el dolor y la humillación que Adrián y Lucía me habían infligido se mezclaban con algo nuevo: determinación. Ya no era la Sofía ingenua, que corría tras ellos y justificaba cada gesto, cada manipulación, cada mentira. Ya no.
Mis manos temblaban mientras sacaba la tarjeta de Luciano del bolsillo. Ver su nombre, leer el número que él me había dado con esa voz pausada y profunda, me recordaba que no estaba