La atmósfera en la sala del Consejo era densa, asfixiante.
El aire parecía cargado de juicio y desconfianza mientras los ancianos, en sus asientos de madera tallada, observaban al alfa con una mezcla de desaprobación y cansancio. Los nobles murmuraban entre ellos, rostros serios, como si esperaran que en cualquier momento todo se viniera abajo.
—No podemos permitir que una Luna inestable represente a esta manada —dijo uno de los ancianos, con voz grave y autoritaria—. Una mujer que se derrumba