Finalmente, tras horas de trabajo incansable, llegamos al castillo.
El cansancio pesaba en mis músculos, pero el deber no me permitía flaquear.
Al entrar, la calidez que emanaba del interior fue como un bálsamo para todos. El olor a pan recién horneado, el crujir de las mantas limpias, el murmullo de voces organizando todo… supe en ese instante que Dorian había cumplido su parte a la perfección.
Y entonces la vi.
En medio de todo aquel movimiento, Madeleine se movía con una gracia natural que m