Las botas crujían sobre la escarcha mientras el viento cortante nos azotaba con fuerza. Los guerreros estaban listos. El grupo reunido en el patio aguardaba mi orden, pero algo no encajaba.
El cielo, que amaneció despejado, había cambiado abruptamente. Las nubes grises se arremolinaban con violencia y la nieve comenzaba a caer con una intensidad inusual. En minutos, todo el terreno quedó cubierto, y las ráfagas no daban tregua.
—Creo que tendremos que postergar la partida —dijo Leo, mirando al