Las horas pasaban y los dos éramos inmensamente felices. No cabía duda: estábamos hechos el uno para el otro. Mientras tuviera a Enzo a mi lado, todo sería perfecto. Sabíamos que sobre nosotros pesaban situaciones que escapaban a nuestro control, pero mientras nos mantuviésemos unidos, seríamos capaces de derribar cualquier obstáculo.
Estuvimos juntos muchas veces más. Estar en sus brazos era como tocar el cielo. Y sabía que a él le sucedía lo mismo. Me lo decían sus ojos expresivos, ese brillo