Cerré la puerta detrás de nosotros. Por fin. El mundo allá afuera quedó en silencio. Todo lo que me importaba estaba ahora frente a mí.
La miré.
—Por fin eres mi esposa —le dije, y mis palabras salieron llenas de algo más fuerte que orgullo, más fuerte que deseo. Amor puro, ardiente, innegable—. Pensé que este momento nunca iba a llegar… Pero ya lo ves. Estamos aquí. Ahora ya somos marido y mujer.
Madeleine sonrió, pero tenía la mirada brillante. Nerviosa, sí, pero también feliz. Tenía ese gest