No habían pasado ni diez minutos desde nuestra llegada cuando el Consejo nos condujo a la gran sala de deliberaciones. Las puertas de roble se cerraron tras nosotros con un estruendo que pareció sellar el aire. Estaba todo el cuerpo completo de los ancianos, alineados como centinelas del pasado, con sus túnicas de luto y autoridad.
Me mantuve erguido, con el mentón alto, y el pulso bajo control. Pero podía sentir la tensión de todos los presentes, como un hilo invisible que nos unía en un mismo