Entramos a la habitación en silencio. El aire todavía estaba impregnado de incienso y esencias sanadoras. Greta reposaba sobre un lecho ceremonial, rodeada de mantas cálidas y piedras lunares. Respiraba con dificultad, pero estaba viva. Viva. Y eso ya era un milagro.
Enzo soltó el aire de golpe al verla abrir los ojos.
—Tía de mi corazón… —susurró mientras se lanzaba a sus brazos con fuerza—. No sé qué habría hecho si algo te sucede…
—¿Qué iba a sucederme, muchachito? —respondió Greta con esa v