Zarek no esperó más.
Con un rugido que heló la sangre, su cuerpo se arqueó y su transformación fue inmediata. Pero no era como la nuestra. No era licantropía pura. Lo que se desplegó ante nosotros era una bestia alterada, como si la maldad lo hubiera moldeado en otra cosa. Su piel se volvió grisácea, cubierta de vetas negras como venas de oscuridad líquida. De su espalda emergieron protuberancias óseas, alargadas como espinas. Su lobo era más grande, más denso, y sus ojos dorados brillaban con