La sala de curación del castillo estaba en silencio, con un aire espeso, lleno del aroma de las hierbas que Dorian quemaba para acelerar la sanación. Enzo descansaba sobre la camilla, vendado, con su cuerpo marcado por la reciente batalla. Me senté a su lado, sosteniendo su mano con fuerza, como si el contacto pudiera aliviar su dolor.
—Está respondiendo bien —dijo Dorian mientras trabajaba en una herida profunda del costado—. Pero hay algo… curioso.
Fruncí el ceño.
—¿Curioso?
—Tu energía. Cuan