La pesada puerta del castillo se abrió con un chirrido, y allí estaba ella, de pie como si el tiempo no hubiera pasado. El cabello recogido en su habitual moño firme, la capa de viaje algo polvorienta, pero la misma mirada sabia, firme, y llena de afecto que conocía desde que era apenas un cachorro.
—Tía… —susurré, y una ola de emociones me inundó el pecho. Di unos pasos hacia ella—. Qué sorpresa. Estos días he estado pensando mucho en ti, pero no creí que vinieras.
Su rostro, serio por un mome