El bosque pasaba borroso a mi alrededor mientras corría sin rumbo fijo, con las lágrimas nublando mi visión y la rabia consumiéndome por dentro. El dolor era tan profundo que apenas podía respirar. No sabía cuánto tiempo llevaba corriendo, pero no me detendría hasta tener a esa maldita perra frente a mí. Freya. Ella lo había matado. Lo sabía, lo sentía en cada fibra de mi ser.
—¡Madeleine! —escuché a lo lejos la voz de Enzo llamándome—. ¡Detente! ¡Escúchame!
Pero no podía. No quería. Si me dete