La mesa del comedor brillaba bajo la cálida luz de la lámpara, con reflejos dorados danzando sobre las copas de cristal y la pulida cubertería. Mateo, tan orgulloso y emocionado por el reencuentro, no se percató de las sutiles oleadas de hostilidad que se extendían entre las dos mujeres, una frente a la otra.
Estaba demasiado feliz.
Demasiado ajeno.
Demasiado confiado.
Cuando sonó su teléfono, se levantó con naturalidad, besó la frente de Valeria por costumbre, apretó suavemente el hombro de Em