La casa finalmente se había calmado. Emilia se había ido a su habitación, dejando atrás el dulce aroma de su perfume y la imagen de ese audaz beso de buenas noches que depositó en los labios de Mateo. Un beso que Valeria aún podía ver cada vez que parpadeaba.
Mateo y Valeria, sin embargo, permanecieron en la sala, sentados uno frente al otro en el largo sofá de terciopelo. Una cálida y tenue lámpara brillaba tras ellos, proyectando suaves sombras doradas que hacían que el momento pareciera dema