Valeria mantuvo su sonrisa suave, elegante y educada, la clase de sonrisa que uno usa cuando la observan. Pero en el momento en que sus ojos se posaron en Emilia, algo agudo y ardiente le atravesó el pecho.
Celos.
Celos territoriales, ardientes y feos.
No lo demostró en su rostro. Oh, no. Valeria Estrada había dominado el arte de enmascarar las emociones desde su adolescencia, viviendo en un hogar estricto y frío. Sabía reír mientras se desangraba por dentro, abrazar mientras conspiraba. Y ahor