74. Sospechosos
Kaien conducía de regreso a casa con sentimientos encontrados: por un lado, se sentía aliviado por las palabras de su esposa, pero por otro, seguía inquieto. No podía evitar la ansiedad y la tristeza al recordar que Nayla era hija de ese bastardo al que tanto despreciaba.
—Kaien, quiero decirte algo —le dijo su esposa en cuanto él estacionó frente a la casa—. O más bien, hacerte una petición.
—Claro, dime —respondió, mirándola con atención.
—Es sobre todo este asunto de Nayla... que es mi hija