5. Deber forzado
Medea se removió en la cama como pudo, pero su esposo se le subió encima, inmovilizándola. En ese instante, le frustraba más que nunca no poder ver, no poder defenderse como deseaba.
—¡Suéltame, Elian! —bramó, llena de terror, asco y dolor, al sentir sus besos forzosos sobre la piel desnuda—. Por favor… no lo hagas.
—¿Y por qué no habría de hacerlo? —replicó él, sin prestar atención a sus súplicas—. Eres mi esposa, Medea. ¿Desde cuándo te niegas? Siempre me has complacido.
—Hoy no quiero —susur