La mañana se deslizaba lenta en la casona de los Uresti.
Paula se movía con prisa y esmero, ayudando a su compañera Nora a colocar los platos sobre la bandeja.
El aroma del café recién hecho y el pan tostado llenaba el aire.
Sus manos temblaban ligeramente, pero trataba de disimularlo.
Desde hacía semanas, sus nervios estaban en la superficie. Dormía poco. Comía mal.
—Apresúrate, Paula, que el señor ya está en el comedor con su madre —le dijo Nora, con un tono que buscaba sonar firme, aunque no