En el hospital
El eco de los pasos apresurados resonaba en los pasillos blancos y fríos.
Felicia caminaba de un lado a otro, como una fiera enjaulada, con las manos crispadas y el rostro desencajado.
Franco Bourvaine, de pie junto a la pared, intentaba en vano calmarla.
—¡No me pidas que me calme cuando mi hija puede morir! —escupió Felicia, con la voz rota por la rabia y el miedo.
Franco iba a responder, pero en ese instante el doctor apareció al final del pasillo.
—La paciente está estable —di