—¡Lo siento! —exclamó Paula con voz temblorosa, mientras daba media vuelta y salía apresuradamente de la habitación.
La otra empleada entró con cautela y, al ver al señor Uresti sentado al borde de la cama, se detuvo un momento, observándolo con una mezcla de respeto y miedo reverencial.
—Una disculpa, señor Uresti. Con permiso —dijo en voz baja, tratando de no incomodarlo más.
—¡Detente! —interrumpió él con firmeza, su voz resonando como un látigo en la habitación—. ¿Quién es ella?
La mujer baj