—No, Javier.
Él la miró con dolor, como si cada palabra le arrancara un trozo del alma. Sus manos temblaron, inútiles, buscando un consuelo que no existía.
—Por favor, mi amor —rogó ella con la voz quebrada—. Perdóname.
Paula lo vio respirar hondo, la garganta apretada. El silencio entre ambos pesaba más que una losa.
—Aún no puedo… —respondió él, con la honestidad fría de quien ha sido herido hasta el hueso.
Asintió, sin poder sostener la mirada.
Se alejó unos pasos, como si el espacio físico p