—¡Viena, escúchame! ¿Qué significa esto? —gritó él, la voz desgarrada por la incredulidad.
Viena lo miró con ojos feroces, fríos como acero. Había en su rostro una calma peligrosa, la calma de quien ha tomado una decisión irreversible.
—Significa que ya nunca seré tu víctima —respondió ella, cada palabra, un corte preciso.
—¡Viena, Rafael es también mi hijo! —intentó suplicar él, las manos abiertas en señal de ruego, pero sus palabras rebotaron en el muro de silencio que ella había erigido.
Ella