En cuestión de segundos, Norman sostuvo a Rafael con firmeza entre sus brazos, asegurándose de que estuviera completamente a salvo.
Su corazón latía con fuerza, y podía sentir cómo el pequeño se aferraba a él con miedo, como si percibiera también la tensión que lo rodeaba.
Por un momento, todo quedó en silencio; los tres permanecieron inmóviles, conscientes de que habían estado al borde de una tragedia, de que un solo paso en falso podría haber significado un desastre irremediable.
Viena, tembla