Norman entregó al niño a una de las empleadas, asegurándose de que estuviera vigilado, y en cuanto el pequeño desapareció de su vista, giró con brusquedad.
Sus manos se cerraron con fuerza sobre el brazo de Viena, arrastrándola casi a la fuerza por el pasillo.
Ella apenas podía respirar. Sentía que su corazón golpeaba contra sus costillas como si quisiera escapar, igual que ella.
El portazo resonó con violencia cuando Norman cerró la puerta tras ellos. El eco retumbó en su pecho, y Viena compren