Paula se levantó de la silla como un resorte, casi derribando la carpeta que había sobre el escritorio.
—¡Es una locura! —exclamó, su voz quebrada entre la indignación y el miedo—. Claro que no.
El hombre, sentado frente a ella, permaneció imperturbable.
Entrecruzó las manos sobre el escritorio y sonrió con una calma inquietante.
—Tranquila… es solo una propuesta, Paula —dijo, con un tono que pretendía ser tranquilizador, pero que sonaba más como una advertencia disfrazada—. Algo que nos ayudar