Al día siguiente.
Paula apenas había conciliado el sueño durante la noche; cada ruido en la hacienda le parecía un paso furtivo, una amenaza escondida.
El miedo y la desconfianza se habían convertido en sus compañeros constantes.
Sin embargo, sabía que quedarse de brazos cruzados sería su sentencia, y que si quería sobrevivir, necesitaba encontrar a Iñaki cuanto antes.
Se armó de valor y, con un nudo en la garganta, fue a pedir permiso para salir.
Pensó que el ama de llaves le diría que no, que