Paula miró su cuerpo y bajó la vista. Las lágrimas comenzaron a deslizarse lentamente por su rostro, primero tímidas y luego desbordadas, como si un dique hubiera cedido.
El peso de lo vivido la aplastaba desde dentro. Norman corrió hacia ella para abrazarla, con la intención de sostenerla en medio de aquel derrumbe silencioso, pero cuando la estrechó entre sus brazos notó algo desconcertante: estaba demasiado tranquila.
Había una quietud extraña en ella, una calma helada que no se correspondía