Paula no podía creerlo.
Las palabras rebotaban en su cabeza y la hacían temblar: eran la confirmación de un plan terrible, la sentencia de alguien que no tenía piedad.
Viena le recordó a sí misma, a la Paula de antes, a la mujer que habría creído en las promesas y se habría dejado destruir en silencio.
Ahora, escuchar a Augusta pedir la muerte de otra mujer fue como ver un espejo roto. Un golpe directo al pecho.
Su mano buscó el teléfono sin pensarlo.
Lo encendió y grabó. No iba a confiar en sus