—¡Felicia… ayúdame! —la voz de Franco se quebró en un hilo tembloroso que apenas atravesó la sala.
Se le quebró hasta la garganta; cada palabra le costaba como si las fuerzas le hubieran sido expropiadas.
Su mano buscó inútilmente el borde de la mesa a su lado, cualquier apoyo que evitara el vértigo que ardía en su pecho.
Felicia sonrió con esa sonrisa larga, fría, de quien ha practicado la crueldad hasta convertirla en gesto cotidiano. No había arrepentimiento en sus labios; había triunfo y de