Viena se levantó tambaleándose, apenas sostenida por la fuerza de su propio dolor. Cada paso que daba por aquellos fríos pasillos dejaba un rastro de sangre, pero a ella ya no le importaba.
La vida parecía escaparse de su cuerpo, gota a gota, como si cada herida no fuera solo física, sino también una marca de traición, de abandono, de todo lo que había perdido.
Sus labios resecos se abrieron, intentando pedir ayuda, pero no salió sonido alguno.
La desesperanza la había dejado muda. Solo sus ojos