En la mansión Uresti, el silencio de la noche se llenaba solo del sonido de sus respiraciones entrecortadas.
Norman rompió el beso con un rugido contenido, girándola de espaldas y acercándola con firmeza a su cuerpo.
Viena se quedó rígida por un instante, temblando, el miedo, mezclándose con la excitación que sentía recorrerle cada centímetro de piel.
Su corazón latía desbocado, y cada toque de Norman la hacía sentir que estaba a punto de explotar.
Él no le dio tiempo a reaccionar: con una furia