Paula estaba a punto de salir de ahí, sus pasos firmes resonando en el suelo del pasillo, cuando de repente escuchó esa voz conocida, tan desagradable, tan llena de veneno que la hizo detenerse en seco.
—¡Paula!
Su corazón dio un brinco, y un escalofrío recorrió su espalda.
Era imposible que aquella mujer, su peor enemiga, tuviese el descaro de llamarla por su nombre en un tono tan desafiante. Paula giró lentamente, con los ojos entrecerrados, intentando descifrar la intención que se escondía de