Al volver a la mansión Uresti, el silencio parecía envolver las paredes como un manto pesado.
Paula cargaba en sus brazos a sus pequeñas, aquellas dos criaturas que se habían convertido en su único refugio y razón de seguir luchando.
Las alimentó con paciencia, con ternura, y después las meció hasta que se quedaron profundamente dormidas. El aire se llenó del suave sonido de sus respiraciones, acompasadas, tranquilas, como si nada malo pudiera tocar la inocencia de su mundo.
Paula permaneció de