—¡Estás loco! —la voz de Paula resonó con fuerza, quebrándose apenas por la mezcla de rabia y dolor que la consumía—. ¡No es lo que tú decidas! Si no me quieres firmar el divorcio, entonces, te veré en el tribunal.
Dio un paso para alejarse, pero Javier, desesperado, la sujetó entre sus brazos. Sus manos temblaban, no por miedo, sino por el pánico de perderla para siempre.
—Me equivoqué… —murmuró, con la voz rota, los ojos empañados de un ruego que parecía no terminar—. Me equivoqué al culparte,