Norman sostuvo el documento con manos temblorosas. El papel, aunque ligero, parecía pesar toneladas entre sus dedos. Sus ojos se clavaron en Paula, como si necesitara que ella confirmara lo que temía descubrir.
—¿Cómo lo hiciste? —preguntó con voz ronca, cargada de desconfianza.
Paula, serena, lo miró fijamente, aunque en su interior un torbellino de emociones la sacudía.
—Vi algo en Viena, Norman. Una inocencia que no podía fingir. Eso me hizo darme cuenta de que era muy poco probable que ella