Pronto, se sentaron frente al abogado.
La sala estaba cargada de una tensión insoportable; el aire parecía espesarse a cada respiración. El hombre, con gesto solemne y voz grave, abrió el documento.
El corazón de Paula Bourvaine latió con violencia en su pecho, como si quisiera escapar de él. Sus manos temblaban sobre su regazo, y su mirada se fijó en las letras que pronto cambiarían su vida para siempre.
El abogado leyó con calma:
—“Yo, Paula Bourvaine, en pleno uso de mis facultades mentales,