Alicia estaba horrorizada. Sus manos temblaban mientras intentaba llamar al hombre, pero su voz apenas alcanzaba a quebrar el silencio.
Marcó varias veces su número, esperando escuchar al menos un tono, una respuesta, una señal que le confirmara que todo estaba bien. Pero nunca hubo respuesta. Cada intento era un vacío, un golpe más fuerte contra su esperanza.
Felicia, que estaba a su lado, le pidió con voz firme que se calmara, aunque ella misma no parecía tranquila. Sus ojos destilaban incomod