Narrado por Myra
El agua está fría al principio, pero después el cuerpo se acostumbra.
Los niños gritan, chapotean, se empujan con risas torpes. Finn nada de un lado a otro como si hubiera nacido aquí, como si nunca hubiera tenido miedo. Me mira cada vez que cruza frente a mí, buscando aprobación.
—¡Mírame, Luna! —grita, sacando la cabeza del agua.
—Te estoy mirando —respondo—. Vas bien. No te aceleres.
Él asiente como si fuera un guerrero recibiendo órdenes. Me dan ganas de reír, pero no lo hago. Últimamente la risa me cuesta, como si mi pecho estuviera lleno de cosas que no he dicho.
Los otros niños empiezan a salir poco a poco. Se suben a las piedras, se sacuden el cabello, corren a ponerse las túnicas y las botas. Uno de ellos llama a Finn.
—¡Vámonos! ¡Se va a hacer tarde!
Finn me mira, dudando. Yo levanto la barbilla.
—Adelántate —le digo—. Yo me quedo unos minutos más.
—¿Segura?
—Sí. Ve.
Finn obedece al fin. Se va corriendo por el sendero con el grupo, mirando hacia atrás dos v