Aria está en el suelo, medio de lado, respirando con dificultad. Sigue inconsciente, pero no por mucho. La plata en las cadenas le roba fuerza. La humilla. Y verla así me revuelve el estómago.
—¿Estás… loco? —le reclamo a Bardok en un susurro tenso—. ¡Encadenarla con plata! ¿Sabes lo que eso le hace?
Bardok no se inmuta. Tiene la mirada fría.
—No tenía opción —responde—. Si salía de aquí, iba directo con Eryon. Y tú sabes lo que eso significa.
Sé lo que significa.
Significa muerte.
Para mí.
Para Evelyn.
Para cualquiera que quede cerca cuando la verdad explote.
Trago saliva.
—Bardok… —digo, bajando el tono—. Esto es una equivocación.
—¿Qué querías que hiciera? —me corta—. ¿Que la dejara ir? ¿Que la dejara correr a decirle al Alfa que escondemos una humana en mi casa?
Mi mente se rompe en dos caminos.
Uno: huir con Evelyn. Cruzar el muro. Regresar al mundo humano con lo poco que tenemos y desaparecer antes de que Eryon nos encuentre.
Dos: decirle la verdad a Eryon. Arriesgarme a que me