Eliana apenas tuvo tiempo para reaccionar. Las runas centelleaban todavía cuando Veyron avanzó, sus pasos resonando como martillos sobre la piedra húmeda. Su sonrisa era un filo; sus ojos, dos carbones en combustión.
—¿De verdad creíste que descubrir esto te protegería? —dijo, con voz miel y veneno—. Lo único que hiciste fue encender una antorcha en la oscuridad.
Ella retrocedió, sosteniendo el cáliz como si fuera un talismán. Aldren había pronunciado verdades que la habían dejado sin aliento: s