Eliana despertó en una cámara que no reconocía. Las paredes eran de piedra húmeda, iluminadas apenas por antorchas que proyectaban sombras alargadas. Sus manos estaban libres, pero en la frente aún pesaba la diadema de plata negra. Cada vez que intentaba concentrarse, una presión invisible nublaba sus pensamientos, como si alguien le susurrara desde dentro.
El crujido de una puerta la hizo girar. Veyron entró con paso seguro, envuelto en un manto oscuro que arrastraba sobre el suelo. Sus ojos br