La antorcha proyectaba sombras danzantes sobre las paredes de piedra mientras Liria descendía por la estrecha escalera de caracol. El aire se volvía más denso y frío con cada peldaño, como si el propio castillo exhalara el aliento gélido de sus secretos. Había esperado a que la luna alcanzara su cenit, cuando los guardias cambiaban de turno y el silencio se apoderaba de los pasillos.
Esta vez había venido sola. Sin Elara, sin Thorne, sin nadie que pudiera detenerla o advertirle sobre los peligr