La puerta de la cabaña se abrió de golpe y una ráfaga de aire gélido y olor a pólvora invadió la estancia. Elliot entró tropezando, con el hombro izquierdo empapado en una sangre tan oscura que parecía negra bajo la luz de las brasas. Se apoyó contra la madera, jadeando, mientras cerraba el cerrojo con un movimiento instintivo.
Sofía no corrió hacia él. Se quedó de pie junto a la mesa, con la tableta en una mano y la vieja diapositiva en la otra. El resplandor de la pantalla iluminaba su rostro