Seis meses después, la primavera en el lago no llegó con un estallido, sino con un susurro persistente de deshielo y brotes verdes. El aire ya no cortaba la piel; ahora la acariciaba con el aroma dulce de la resina fresca y la tierra que despertaba de un largo sueño de hierro.
La cabaña ya no era el esqueleto carbonizado que la guerra de los Imperial y los Van Camp había dejado atrás. Sofía y Elliot la habían reconstruido con sus propias manos, tabla por tabla, piedra por piedra. No era una man