El bosque que rodeaba la cabaña se había convertido en una catedral de sombras y muerte. La niebla, espesa y pegajosa, se aferraba a los troncos de los pinos como un sudario. Elliot se movía entre la maleza sin romper una sola rama seca, su respiración era un ejercicio de control absoluto. Cada latido de su corazón era una pulsación de pura adrenalina, pero su mente estaba en otra parte: estaba en la mirada de Sofía antes de que él bajara al sótano.
Había visto la foto. Sabía que ella la había