Mientras el lago todavía humeaba y las sirenas de la policía se convertían en un eco lejano, el silencio reinaba en un ático de cristal en el corazón financiero de la ciudad. Allí, donde el aire estaba filtrado y el ruido del mundo exterior no se atrevía a entrar, Vince Van Camp observaba una sola pantalla. No había gráficos de bolsa, ni noticias, ni correos. Solo una barra de progreso que se había detenido al 99%.
Vince no era un hombre de arrebatos. Su poder no residía en el grito, sino en el