El puerto de la zona norte estaba sumergido en una niebla tan espesa que las luces de las grúas parecían ojos de gigantes cansados flotando en la nada. El olor a salitre y gasoil era penetrante, un recordatorio de que el mundo real, sucio y tangible, seguía girando a pesar del colapso de los imperios digitales.
Sofía ajustó su abrigo, sintiendo el viento gélido del amanecer cortándole las mejillas. A su lado, Elliot permanecía inmóvil, con las manos en los bolsillos y la mirada fija en la silue